dissabte, 23 de maig de 2015

LLegar a las Ramblas



                                                                         era no sólo un cambio de calle sino también,  y sobre todo, de estado de ánimo. Se percibía nada más dejar la plaza de Cataluña, por ejemplo , y dar los primeros pasos bajo la fluida riada de plátanos, pasear acomodándose al paso de loa demás , lento y apretado, en pleno juego de miradas buscadoras, de aproximaciones de roces.Era un clima de ocio y calentura que no hacía sino espesarse cuando, más abajo, el paseo se estrechaba entre los puestos de flores  y el aire calmado  del largo atardecer olía tibiamente como a lirios. La gente salía del trabajo y había algo como de ebriedad o fiebre en aquel ir y venir, la ropa leve , la piel transpirada, en aquel ir y venir sin rumbo fijo que tanto podía llevarles a los pórticos de la Plaza Real como a las tascas de Escudillers, a la derecha de las Ramblas , mientras de un modo imperceptible se encendían ,as primeras farolas . los primeros rótulos relampagueantes.O bien hacia la izquierda, tomando por Conde del Asalto o Arco del Teatro, hacia San Ramón, San Rafael, San Oleguario, Tapias, Robadors, callejas intirncadas  con sus antros que olían  a grifa, callejas donde, según oscurecía, el resplandor de las luces aislaba los bajos, los rojos portales, el pavimento gastado y angosto, las sucias losas de aceras, zapatos de tacón alto, caderas salientes, escotes , melenas, ojos pintados, una sucesión de bares, de ámbitos avivados por el humo de los cigarrillos. Desde Tapias se podía salir al Paralelo, ancho y luminoso, acartonado, pero aquello no se animaba  hasta más tarde, cuando comenzaran los espectáculos y decidieron volver atrás, todavía tasqueando, bebiendo vino fresco, algo picado.  (...

  

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Sólo las Ramblas seguían tan animadas como antes, como a cualquier hora de cualquier día. Una brisa salobre, oliendo a puerto, inflaba los plátanos afantasmados por el neón, cargados de pájaros quietos entre las hojas. Y allí en la terraza de algún bar, la hora del cierre les llegó como por sorpresa . Estaban recogiendo y ensordecía el ruido de los coches al arrancar ante las aceras, de las portezuelas que se cerraban. Las bocacalles  se habían oscurecido y grupos inciertos invadían la calzada mezclándose al compacto reguero de coches y motos en su agitada marcha Ramblas arriba.
                    Eran incansables, y después , en la calma desvaída del Ensanche.. 
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Recuento
Luis Goytisolo
Seix Barral
Barcelona
1973


Fotos
Francesc Català-Roca